Celebració del 373 aniversari de la batalla de Montjuïc de 1641

cartell2014montjuicAquest diumenge, vint-i sis-de gener, farà 75 anys que les tropes d’ocupació “nacionales”, del general que tots sabeu, van entrar desfilant per l’Avinguda Diagonal. Feia dies que podien haver entrat, però van esperar per fer-ho precisament aquell dia. Ho van fer per esborrar la memòria d’un altre vint-i sis-de gener, el de 1641, en el que els orgullosos terços castellans varen girar cua i van fugir del castell de Montjuïc rodolant muntanya avall, no van parar de córrer fins a l’Ebre.

A la Batalla de Montjuïc una Nació sobirana va enarborar banderes, va agafar les armes, va aixecar exèrcits i va fer fora un invasor aclaparadorament superior en efectius, però no en valor ni en compromís. Era una Nació que defensava la seva llibertat, la seva sobirania, el seu Estat.

Aquest diumenge celebrarem aquella victòria, una batalla antiga d’un conflicte molt actual: ser lliure o estar sotmès.

Patriotes per la Devolució, Memorial1714 i Coronela de Barcelona us convidem a acompanyar-nos i us esperem aquest diumenge a dos quarts de dotze del migdia al Castell de Montjuïc. Just al migdia la milícia gremial de Barcelona, La Invicta Coronela, entrarà al Pati d’Armes i donarà inici a l’acte.

Desitgem trobar-vos-hi.

Us deixo a continuació la narració de la batalla :

Descripció de l’última càrrega castellana sobre al castell a la batalla de Montjuich el 26 de gener de 1641, i posterior desfeta i fuga del poderós exèrcit castellà. Descrita per un oficial portuguès al servei del rei Felipe IV de Castella

Extracte del llibre : “Historia de los movimientos, separación y guerra de Cataluña en tiempo de Felipe 4, que bajo el nombre de Clemente Libertino escribió Francisco Manuel de Melo. Nuevamente publicada por la Real Academia Española (1912)”

 

 

 

Constaba su guarnición de los tercios de sus patricios, que gobernaban los maestres de campo Domingo Moradell, Galcerán Dusay, Josef Navel. Los cabos y oficiales franceses con extraordinaria fatiga se hallaban en todos los sucesos, unos y otros nuevamente animados, viendo lo poco que obraban sus enemigos en tantas horas de trabajo. Este aliento de los cabos, deducido, como suele, á los soldados y gente inferior, brotaba felicísimamente en los ánimos populares; de suerte que en poco tiempo, con extraña diferencia, ellos en su corazón y en sus obras mostraban no temer el ejército. Habían notado la derrota de la caballería española, y aunque hasta entonces no se entendía cumplidamente su buen suceso, todavía la certeza de no haber perdido ninguna de sus tropas los había dado esperanza y alegría.

Eran las tres de la tarde, y se combatía en Mon-juich más duramente que hasta entonces, porque la ira de unos y otros con la contradicción se hallaba en aquel punto más encendida. Iban entrando sin cesar los soldados á las baterías del fuerte: el que una vez disparaba no lo podía volver á hacer de allí á largo espacio, por los muchos que concurrían á ocupar su puesto. Afírmase haber sido tales las rociadas de la mosquetería catalana, que mientras se manejaba, á quien la escuchó de lejos parecía un continuado sonido, sin que entre uno y otro estruendo hubiese intermisión ó pausa perceptible á los oídos.

Confusos se hallaban los españoles, sin saber hasta entonces lo que habían de ganar por aquel peligro, porque ya los oficiales y soldados, llevados del recelo ó del desorden, igualmente dudaban y temían el fin de aquel negocio. Algunos lo daban ya á entender con las voces, acusando la disposición del que los traía á morir sin honra ni esperanza, como ya deseoso de que no escapase de aquel trance ninguno que pudiese acusar sus desaciertos. No dejaba de oir sus quejas el Torrecusa, ni tampoco ignoraba su peligro; empero entendía que siéndole posible el estarse firme, sin duda los catalanes perderían el puesto, por ser inalterable costumbre de las batallas quedarse la victoria á la parte donde se halla la constancia con más actividad. Instaba con nuevas órdenes al Xeli le enviase instrumentos de escalar y cubrirse; por ventura, raro ó nunca visto descuido en un soldado grande, disponerse á la expugnación de una fuerza sin querer usar ó prevenir ninguno de los medios para poder conseguirlo.

Había llegado ya aquella última hora que la divina Providencia decretara para castigo, no sólo del ejército, mas de toda la monarquía de España, cuyas ruinas allí se declararon. Así, dejando obrar las causas de su perdición, se fueron sucediendo unos á otros los acontecimientos de tal suerte, que aquel suceso en que todos vinieron á conformarse, ya parecía cosa antes necesaria que contingente. Pendía de menor desorden la última desesperación de los reales: no se hallaba entre ellos alguno que no desease interiormente cualquiera ocasión honesta de escapar la vida.

Á este tiempo (podemos decir que arrebatado de superior fuerza), un ayudante catalán, cuyo nombre ignoramos y aun lo callan sus relaciones, á quien siguió el segundo Verge, sargento francés, comenzó á dar improvisas voces, convidando los suyos á la victoria del enemigo, y clamando (aun entonces no acontecida) la fuga de los españoles : acudieron á su clamor hasta cuarenta de los menos cuerdos que se hallaban en el fuerte, y sin otro discurso ó disciplina más que la obediencia de su ímpetu, se descolgaron de la muralla á la campaña por la misma parte donde los escuadrones tenían la frente. Llevábalos tan intrépidos el furor, como los miraba temerosos el recelo de los reales, que sin esperar otro aviso ó espanto más que la dudosa información de los ojos, averiguada del temor, y creyendo bajaba sobre ellos todo el poder contrario, paloteando las picas y revolviendo los escuadrones entre sí (manifiesta señal de su ruina), comenzaron á bajar corriendo hacia la falda de la montaña, alzando un espantoso bramido y queja universal. Los que primero se desordenaron fueron los que estaban más al pie de la muralla enemiga (tan presto el mayor valor se corrompe en afrenta): otros con ciego espanto cargaban sobre los otros de tropel, y llenos de furia rompían sus primeros escuadrones, y éstos á los otros, y de la misma suerte que sucede á un arroyo, que con el caudal de otras aguas que se le van entrando va cobrando cada vez mayores fuerzas para llevar delante cuanto se le opone, así el corriente de los que comenzaban á bajar atro-pellando y trayéndose los más vecinos, llegaba ya con dobladas fuerzas á los otros, por lo cual los que se hallaban más lejos llevaron el mayor golpe. Unos se caían, otros se embarazaban, cuáles atropellaban á éstos, y eran después hollados de otros. Algunas veces en confusos y varios remolinos pensaban que iban adelante, y volvían atrás, ó lo caminaban siempre en un lugar mismo: todos lloraban; los gritos y clamores no tenían número ni fin: todos pedían sin saber lo que pedían: todos mandaban sin saber lo que mandaban : los oficiales mayores, llenos de afán y vergüenza, los incitaban á que se detuviesen; pero ninguno entonces conocía otra voz que la de su miedo ó antojo, que le hablaba al oído.

Algún maestre de campo procuró detener los suyos, y con la espada en la mano, así como se hallaba, fué arrebatado del torbellino de gente; pero dejando el espíritu adonde la obligación, el cuerpo seguía el mismo descamino que llevaba la furia de los otros: ni el valor ni la autoridad tenía fuerza; ningimo obedecía más que al deseo deescapar la vida.

Á este primer desconcierto esforzó luego la saña de los vencedores, arrojándose tras de los primeros algunos otros que hizo atrevidos la cobardía de los contrarios; tales con las espadas, tales con picas ó chuzos, algunos con hachas y alfanjes, no de otra suerte que los segadores por los campos, bajaban cortando los miserables castellanos. Mirábanse disformes cuchilladas, profundísimos golpes é inhumanas heridas: los dichosos eran los que se morían primero; tal era el rigor y crueldad, que ni los muertos seescapaban; podía llamarse piadoso el que sólo atravesaba el corazón de su contrario. Algunos bárbaros, aunque advertidamente, no querían acabar de matarlos, porque tuviese todavía en qué cebarse el furor de los que llegaban después: corría la sangre como río, y en otras partes se detenía como lago horrible á la vista, y peligroso aun á la vida de alguno que, escapado del hierro del contrario, vino á ahogarse en la sangre del amigo.

Los más, sin escoger otra senda que la que miraban más breve, se despeñaban por aquellas zanjas y ribazos, donde quedaron para siempre: otros, enlazados en las zarzas y malezas, se prendían hasta llegar el golpe: muchos, precipitados sobre sus propias armas, morían castigados de su misma mano: las picas y mosquetes, cruzados y revueltos por toda la campaña, era el mayor embarazo de su fuga y ocasión de su caída y muerte.

No se niega que entre la multitud de los que vergonzosamente se retiraron se hallaron muchos hombres de valor, desdichada é inútilmente; algunos que murieron con gallardía por la reputación de sus armas, y otros que lo desearon, por no perderla: singular dicha y virtud han menester los hombres para salir con honra de los casos donde todos la pierden, porque el suceso común ahoga los famosos hechos de un particular; todavía esta razón no desobliga á los honrados, bien que los aflige.

El maestre de campo Don Gonzalo Fajardo salió herido considerablemente; con todo era su mayor riesgo la muerte del hijo único que dejaba en tierra. Don Luis Jerónimo de Contreras, Don Bernabé de Salazar y el Insinguien, todos iguales en puesto al Fajardo, sacaron más que ordinarias heridas, con otros muchos oficiales y caballeros, que no pretendemos nos sean acreedores de su gloria, si ella no pudo adquirirse en tan siniestro día para su nación.

Las banderas de Castilla, poco antes desplegadas al viento en señal de su victoria, andaban caídas y holladas de los pies de sus enemigos, donde muchos ni para trofeos y adornos del triunfo las alzaban; á tanta desestimación vieron reducirse. Las armas perdidas por toda la campaña eran ya en tanto número, que pudieron servir mejor entonces de defensa que en las manos de sus dueños, por la dificultad que causaban al camino: sólo la muerte y la venganza lisonjeada en la tragedia española parece se deleitaban en aquella horrible representación.

Casi á este tiempo llegó al Torrecusa nueva de la muerte de su hijo y los suyos. Recibióla con impaciencia, y arrojando la insignia militar forcejaba por romper sus ropas; desigual demostración de lo que se prometía de su espíritu. Los hombres primero son hombres, primero la naturaleza acude á sus afectos, después se siguen esotros que canonizó la vanidad, llamándolos con diferentes nombres de gloria indigna; como si al hombre le fuera más decente la insensibilidad que la lástima.

Llegábanle cada instante tristísimos avisos de la rota, de que también pudieron sus ojos y su peligro avisarlo, si las lágrimas diesen lugar á la vista y la pena al discurso. Desde aquel punto no quiso oir ni mandar, ni permitió que ninguno le viese: no era entonces la mayor falta la de quien mandase, porque en todo aquel día fué más dificultoso hallar quien obedeciese.

Los que estaban abajo con la frente á Barcelona miraban casi con igual asombro la suerte de sus compañeros : esperábanlos más constantes, no por temer menos el peligro, sino porque llegados ellos tuviesen entonces mejor disculpa á su retirada. Era ya sabida en el campo la pérdida del San Jorge, y en esta noticia fundaba más su temor que en ningún otro accidente.

El Vélez á un mismo tiempo miraba perderse en muchas partes, y no recelaba menos la inconstancia de los suyos, que ya empezaban á moverse, que el desorden de los que bajaban rotos. El peligro no daba lugar al consejo ó ponderación espaciosa, y así informado de que el Torrecusa había dejado el mando, llamó al Garay y le entregó la dirección de todo. No se puede llamar dicha, aunque suele ser ventura, ser escogido para remediar lo que ha errado otro, porque parece que se obliga el segundo á mayores aciertos, faltándole los medios proporcionados á la felicidad; para esto son más los hombres dichosos que los prudentes.

Recibió el Garay su gobierno, y fué la primera diligencia ordenar que los escuadrones de la frente marchasen luego y á toda priesa hacia afuera, dando las espaldas al lugar de Sans, y que la caballería se opusiese á la gente que bajaba en desorden, con ánimo de pasarla á cuchillo si no se detuviese; con lo cual se podría conseguir que, medrosos ellos de los mismos amigos, siquiera por beneficio del nuevo espanto se parasen; que era lo que por entonces pretendía el que gobernaba, para poderlos dar asiento y forma.

Marchó el Vélez con su trozo llevando la artillería en medio, y el Garay salió á recibir los tercios desordenados, que ni al respeto de su presencia ni al rigor de muchos oficiales que lo procuraban por cualquier medio, acababan de detenerse y hallar entre los suyos aquel ánimo que habían perdido cerca de los enemigos; antes con voces de sumo desorden clamaban : «¡Retira, retira!» En fin, la diligencia del propio cansancio y fatiga, que no les permitía mayor movimiento, les fué cortando el paso ó las fuerzas, de suerte que ellos, sin saber cómo, unos se pai-aban, otros se caían por tierra.

 

Grande fuera el estrago si los catalanes prosiguieran el alcance; pero como habían salido sin otra prevención más de la furia, jamás sus pensamientos llegaron á creer que podían conseguir otra cosa que la defensa. No hubo hombre práctico que, viendo arrojar á los suyos, no los juzgase perdidos; esto los detuvo, y fué su mayor dicha de los que se retiraban y su mayor afrenta.

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